N° 17 (mayo—agosto
de 2004)
Bolivia: Tropiezos
del Neoliberalismo
Mario Miranda Pacheco *
El modelo neoliberal,
instaurado en Bolivia mediante decreto en 1985, colmó largos años engañosos,
esperando algún mejoramiento económico. La desilusión tomó cuerpo y una
extraordinaria conjunción de fuerzas populares decidió impugnarlo por todos los
medios, inclusive la violencia insurreccional, como ocurrió en octubre del año
2003, que culminó con el derrocamiento de Sánchez de Lozada.
La situación actual del país, en gran parte, no es más que una secuela de
dichos sucesos, como se describe en las notas que siguen.
1. Con el
cambio político de octubre (a costa de 80 muertos), se ha impedido la
exportación del gas por tres empresas transnacionales (Repsol, British Gas, British Petroleum), decidida en secreto y por puerto chileno. Esta
victoria en “la guerra del gas” ha sido el origen del gobierno actual de Carlos
Mesa, con el compromiso previo de realizar un referéndum destinado a normar la
política del Estado en esta materia. Sin embargo, las cosas no quedaron
resueltas. Aunque el pueblo insurrecto quitó del poder a una coalición
partidaria entreguista y pudo desbaratar un negocio
multimillonario de tres corporaciones, el modelo neoliberal se mantiene sin
cambios.
2. ¿Por
qué “la guerra del gas”? Escriba usted la cifra 54; añádale 18 ceros y tendrá
la suma de 54 trillones. Esta es la cantidad de pies cúbicos de gas natural que
tiene Bolivia en términos de reservas probadas. Son las reservas nacionales de
gas de mayor magnitud en el Cono Sur. Así, “la guerra del gas”, enlazada con la
lucha por una nueva legislación de hidrocarburos, representa la defensa
intransigente del recurso natural de mayor precio con que cuenta el país para
su desarrollo y que las fuerzas populares se han propuesto llevarla hasta su
fin.
3. No
obstante, hay otros problemas de difícil solución. De por medio están los
cultivos de coca y la cuestión étnica, amén de las demandas económicas no sólo
salariales, sino también institucionales, todos emergentes de la penuria
crónica del Estado, urgido de recibir mayor ayuda internacional. En este
contexto, crece el descontento de la población, aumentan el desempleo y la
miseria, en tanto que la estructura de un gobierno sin partido, muestra una
sensible fragilidad.
4. En
Octubre, la cuestión del gas no fue la única que mantuvo en vilo al poder
político. El pueblo insurrecto acordó la realización de una asamblea
constituyente, asunto que deberá tratarse en el año 2006, asumiendo situaciones
de alto riesgo para la unidad territorial. Las élites
económicas y cívicas de las regiones nororiental y oriental del país observaron
esta cuestión, reservándose el derecho de no formar parte de la república nueva
o reformada que resulte de la probable constituyente.
5. En el
campo internacional, Bolivia enfrenta la difícil cuestión de una salida al mar.
El pueblo y el gobierno tomaron conciencia de la importancia que tiene el gas
para negociar dicha salida con Chile, cuyo gobierno rechaza la posibilidad de
satisfacer esta demanda. Por encima de este impasse, obviamente negativo
e indeseable, el gobierno argentino firmó un acuerdo para comprar gas
boliviano, con la condición de no vender cantidad alguna a Chile. En este
marco, las relaciones entre este país y Bolivia, según la prensa de uno y otro,
se sintetizan en una frase de implicaciones recíprocas: “Ni una gota de mar a
Bolivia; ni una gota de gas a Chile”.
6. En suma, la situación actual de Bolivia es
comparable con un campo de arenas movedizas. Se mueven las fuerzas sociales con
las que tropezó el neoliberalismo trasnacional en octubre de 2003. Están en
tensión poderosos intereses regionales. La derecha busca soluciones de fuerza y
el gobierno hace lo que puede, aprobando medidas de corto plazo. El fiel de la
balanza está en los cocaleros; su inercia actual implica un apoyo indirecto al
gobierno; durará mientras éste no logre erradicar los cultivos de coca. Las
arenas tampoco están quietas con el movimiento étnico, particularmente aymara, que amaga con posiciones radicales.
Concluyendo, los
tropiezos del neoliberalismo en Bolivia son insalvables. Quienes piensan que es
la “única” vía transitable de la economía y la sociedad, desdeñan el cúmulo de
falacias y espejismos en que se apoya. Su modelo de poder se viene abajo cuando
revela su esencia antinacional y la pobreza eclosiona en la conciencia de los
pueblos.