N° 17 (mayo—agosto
de 2004)
México, Cuba y Nuestra Política
Exterior
Quienes
nos ocupamos regularmente de elaborar buena parte del material de nuestra
revista, estamos profundamente preocupados por la peligrosa posición adoptada
por el gobierno mexicano, de optar por una política que en realidad pone al
país a un paso de la ruptura de relaciones diplomáticas con la Cuba
revolucionaria.
En otras condiciones
habríamos proyectado una Declaración, e invitado a suscribirla a miembros de
AUNA México que estuvieran de acuerdo con ella; pero siendo esta vez imposible
proceder así, debido a que el hecho al que se hace referencia se registró
cuando nuestra publicación entraba a prensa, nos limitamos a cambiar informal y
rápidamente impresiones con varios integrantes de los cuerpos directivos, y a
comentar que a reserva de tomar de común acuerdo una posición, debiéramos dejar
constancia de nuestra inquietud ante lo ocurrido, pues mientras los gobiernos
de México y otros países critican a menudo lo que acontece en Cuba e
intervienen en sus asuntos internos, pidiendo una y otra vez que, como acaba de
hacerse en Ginebra, se compruebe si se respetan o no los derechos humanos,
ahora México y Perú retiran a sus embajadores en La Habana y sin la menor
consideración expulsan a los embajadores cubanos.
Acaso en ningún
momento de nuestra historia fue tan importante como hoy, contar con una
política exterior independiente, máxime cuando el gobierno de Washington se
apresta a iniciar una nueva ofensiva en contra de un país débil igual que el
nuestro, a través de su Reporte al Presidente de la Comisión para la Asistencia
Hacia una Cuba Libre. Y es justamente ahora cuando el gobierno de México
renuncia a dicha política.
El jefe del
Departamento de Estado de la potencia del Norte, Collin
Powell, ha dado el visto bueno acerca del hecho, felicitó a los gobiernos de
México y Perú por haber procedido hacia Cuba como lo hicieron y anunció su plan
de “estrangulamiento financiero” de la Isla. Ahora sólo falta que la locuaz
Condoleezza Rice nos diga que esa es la mejor manera de defender la seguridad
del continente.
A pesar de ello, lo
cierto es que tal política, cada vez más frágil y dependiente, no responde a
los intereses de nuestros pueblos. Por lo que el tiempo, muy pronto, demostrará
que con una política monroista ajena, en vez de
propia y bolivariana, los problemas que hasta aquí no pudieron resolverse, se
agravarán.