Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

Revista Unidad Regional – Imágenes de Nuestra América

N° 16 (enero—abril de 2004)

Indice General

   

Declaración de AUNA México, suscrita por asociados y amigos

Un Nuevo y Prometedor Momento en América Latina *

 

Cuando, hace ya alrededor de quince años, se registró el colapso de los países socialistas europeos e inclusive desapareció la Unión Soviética, la situación de América Latina fue especialmente difícil, tanto porque su dependencia de Estados Unidos se acentuó, como porque las posiciones neoliberales y en general antidemocráticas se reforzaron, y la derrota de los países socialistas europeos hizo pensar a muchos que, en adelante, poco o nada podría hacerse para lograr el desarrollo independiente de Nuestra América.

Aunque ello no se dijera expresa y claramente, lo que subyacía a tal posición era el convencimiento de que si ni la poderosa Unión Soviética había sido capaz de enfrentarse con éxito a la hostilidad de Estados Unidos y otras grandes potencias capitalistas, mucho menos lo serían nuestros países subdesarrollados y débiles. Y, pensando así, había solamente un paso para llegar a la conclusión de que ello volvería muy difícil y aun imposible lograr cambios de fondo, propiamente revolucionarios, e incluso reformas sustanciales que rebasaran el marco establecido por las fuerzas dominantes.

Desde luego estamos muy lejos de la prosperidad y la armonía que los apologistas de la globalización neoliberal nos anunciaban. La economía mundial no se ha librado de una persistente y profunda crisis, y por ello el crecimiento económico sigue siendo lento e inestable, las tasas de inversión bajas e insuficientes, la especulación financiera intensa y perjudicial, el nivel de desempleo elevado, y las posibilidades de trabajo migratorio en otros países cada vez más limitadas y riesgosas. En cuanto a la situación política, después del atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001, que destruyó las torres gemelas de Nueva York y las vidas de cerca de 3 mil seres humanos, la respuesta del gobierno norteamericano, si bien en un principio explicable, a la postre ha hecho temer que el terrorismo se combata con acciones que riñen con el derecho internacional y que al menos en ciertos casos pueden considerarse no sólo ilegales sino incluso terroristas; y al crimen no se le combate eficazmente con más crimen.

La invasión de Estados Unidos a Irak, que se lanzó sin siquiera ponerla a consideración del Consejo de Seguridad de la ONU, y supuestamente porque el gobierno iraquí disponía de armas de destrucción masiva que constituían una grave amenaza para otros países y para la paz, y que a meses de anunciada  la culminación del conflicto bélico no han aparecido por ningún lado, como tampoco pudo comprobarse que el gobierno de Saddam Hussein tuviera una estrecha relación y aun apoyara a Bin Laden y otros, a los que el gobierno de Bush considera terroristas responsables del atentado del 11 de septiembre, bastaría para demostrar que el intervencionismo de la potencia hoy económica, militar e ideológicamente hegemónica, lesiona la soberanía de otros países y viola derechos humanos esenciales.

Y acaso lo más grave es que esa potencia pretenda ahora tener derecho a llevar a cabo en donde así lo decida “guerras preventivas”, o sea, incluso a invadir a países de enemigos potenciales, por el sólo hecho de que a juicio de la Casa Blanca esos países proyecten imponer su voluntad a Estados Unidos o a países amigos o aliados de esa potencia, así como igualar o superar el poder militar norteamericano.

En la Declaración Final del Encuentro Internacional “En Defensa de la Humanidad”, realizado en México a fines de octubre pasado, se postula que:

“La humanidad ha llegado a un punto crítico que entraña serios peligros. Asoma una nueva barbarie. No se trata sólo de que una minoría haya concentrado una proporción enorme de la riqueza, mientras masas empobrecidas apenas pueden sobrevivir. El sistema hegemónico opera como una maquinaria de exclusión social...

“Si importa poco el destino de los excluidos, importan menos sus valores y culturas, sus identidades y comunidades, a menos que sean reducidos al imperativo del mercado...

“El medio ambiente, la biodiversidad y los ecosistemas con los que ha convivido la humanidad a lo largo de milenios son convertidos en objeto de comercio y de acumulación, al servicio del interés privado...

“La humanidad enfrenta peligros que atacan directamente su sustento social, cultural y ambiental. Esta amenaza no proviene de fuerzas naturales, sino de poderes económicos y políticos que niegan los más altos valores concebidos a lo largo de la historia y exaltan la avaricia y el egoísmo...

“En los albores del siglo XXI, el imperialismo –en sus distintas expresiones, alianzas y contradicciones internas– se ha convertido en un mega-poder de carácter político-militar en el que los Estados Nacionales renuncian al interés público...”

Durante algunos años los neoliberales tuvieron éxito, al hacer creer a mucha gente que  sus conservadoras, antidemocráticas y excluyentes políticas eran las únicas viables. A medida, sin embargo, que tales políticas lesionan de diversas maneras a la mayoría de la población, los pueblos empiezan a cobrar conciencia de que ellos son, no quienes los engañan y explotan, los que organizándose y uniéndose podrán abrir nuevos caminos, realizar cambios de fondo y asegurar condiciones de trabajo y de vida dignas para todos.

Lo acontecido en años recientes en América Latina, si bien no es garantía de victoria, pues las fuerzas más conservadoras no se dan por vencidas, entraña avances que sería un error menospreciar. Incluso cuando numerosas personas aseguraban que nada podría hacerse, en múltiples países se han registrado marchas y manifestaciones que expresan inconformidad y descontento, y que a la vez sugieren nuevas y más vigorosas formas de enfrentarse a viejos problemas. Tales movimientos no son privativos de Nuestra América. Los vimos actuar en Seattle y en Washington, en Québec, en Davos, en Praga, Madrid, Florencia y Niza.

El comprender lo que esos esfuerzos significan, especialmente en América Latina, es fundamental para que sepamos en qué escenario nos movemos y en qué fuerzas podemos apoyarnos.

Quienes creían que Cuba dependía totalmente de la Unión Soviética, probablemente pensaron que al desaparecer la URSS, la Cuba revolucionaria tenía sus días contados. Mas las cosas han sido distintas, y no obstante el bloqueo, la permanente hostilidad y  el intento de Estados Unidos de subvertir el orden en la Isla, a través de una oposición seudodemocrática a su servicio y pagada por el Tío Sam, Cuba sigue en pie, y pese a la agresividad yanqui  y a otros problemas, incluso ha superado algunas de las limitaciones del llamado “período especial”, o sea de los años más difíciles, y ahora es claro que la revolución permitió al pueblo cubano ejercer una soberanía que antes nunca tuvo. Y lo que probablemente muchos aún no comprenden, es que ello ha sido posible gracias al apoyo del pueblo a la revolución.

Alguien podría decir que lo que ocurre en Cuba no afecta al resto de Nuestra América, y que en ésta, las cosas son diferentes. En nuestra opinión, ello no es cierto. Lo que acontece en Cuba y en cualquier otro país hermano nos afecta y nos importa, y en el resto de Nuestra América se están desenvolviendo luchas que pueden traer consigo importantes cambios.

Recordemos algunas de esas luchas.

El triunfo de Lula da Silva, en la última elección presidencial en Brasil, no fue un asunto menor. Fue el resultado de una larga lucha encabezada por el Partido del Trabajo, y el que el nuevo presidente haya sido un obrero y un destacado dirigente sindical, que ahora, a pesar de los obstáculos, promete enfrentar el problema del hambre y defender una genuina integración latinoamericana, es sin duda importante.

La oposición, de fuerzas populares, al gobierno de Aristide en Haití, es otro signo de que Nuestra América no cruza ya los brazos ante sus más graves problemas.

Las medidas iniciales del gobierno de Kirchner, en Argentina, demuestran que el actual presidente de ese país no está dispuesto a continuar haciendo aquello que llevó a los gobiernos anteriores al fracaso.

El EZLN en México, y las luchas de los pueblos indios en Ecuador, Bolivia y otros países, en defensa de su cultura, demuestran que incluso sectores de la población, que hasta hace poco tiempo eran relativamente pasivos, ahora se organizan y actúan de nuevas y mejores maneras.

El papel del Frente Amplio en Uruguay, el promisorio curso de la revolución bolivariana en Venezuela, la lucha popular en Bolivia, que hace solamente unas semanas hizo renunciar al entreguista presidente, Sánchez de Lozada, o las movilizaciones que resurgen también en Ecuador, y el Foro Social Mundial de Porto Alegre, que después de atraer y movilizar a decenas de miles de personas, ahora se traslada a la India, en busca de mayor apoyo, son otros tantos hechos que revelan que nuestros pueblos empiezan a comprender que su destino depende fundamentalmente de lo que ellos hagan.

Las nuevas fuerzas sociales y políticas latinoamericanas en acción son muy amplias y heterogéneas y sus acuerdos, en general, iniciales e insuficientes. Pero ésta es también una fase inicial de un complejo y largo proceso, en el que la correlación de fuerzas puede y debe ser mejor en adelante. En otras palabras, el que algunos se opongan hoy a la globalización y otros a las políticas neoliberales, al intervencionismo de Estados Unidos en los asuntos internos de otros países, a la violación de ciertos derechos individuales y colectivos, o al imperialismo, y el que las formas de organización que se eligen sean muy diversas, al mismo tiempo que muestra amplitud, diversidad y riqueza, deja ver que sólo es un punto de partida, desde el cual es preciso –y por fortuna posible– avanzar. 

Pero el avance no se logrará sin luchar, incluso mejor y de manera más combativa que hasta ahora. En estas nuevas luchas, aparte de fuerzas con las que tradicionalmente se ha contado, los jóvenes –hombres y mujeres– tendrán que integrarse en ellas cuanto antes, pues hoy son la mayoría de la población y el sector que si se organiza, une y lucha con audacia y decisión, más puede ayudar a romper con el pasado y abrir los nuevos y revolucionarios caminos que hagan posible la liberación de Nuestra América. 

México, Enero de 2004.

Por la Asociación por la Unidad de Nuestra América (AUNA México)

Suscribien esta Declaración:

Alonso Aguilar Monteverde, Ofelia Alfaro, Miguel Álvarez Gándara, Oscar Alzaga, Enrique Andrade, Sol Arguedas, Laura Becerra Pozos, Laura Bolaños, Enrique Brito, Cuauhtémoc Cárdenas, Miguel Concha, Marcos Crestani, Javier de la Fuente, Marta Delgado Wise, Raúl Delgado Wise, Héctor Díaz-Polanco, Leonel Durán, Víctor Flores Olea, Patricia Galeana, Carmen Galindo, Magdalena Galindo, Arturo García Bustos, Lamberto García Zapata, Agustín González Mendoza, Luis González Souza, Arturo Guillén Romo, Jesús Hernández Garibay, Alfonso Herrera Franyutti, Mauro Jiménez Lazcano, Clara Jusidman, Horacio Labastida, Adriana Lombardo, Cecilia Madero, Mario Magallón, Ana I. Mariño, Luis Eduardo Martínez, Gastón Martínez Rivera, Jorge Meléndez, Josefina Morales, Manuel Monreal, Esperanza Nacif, Carlos Núñez, Arturo Ortiz Wadgymar, Isaac F. Palacios Solano, Ana Francisca Palomera, Fernando Paz Sánchez, Rufino Perdomo, Irma Portos, Berenice Ramírez, Guadalupe Rivera Marín, María Elena Rodríguez Ozán, Héctor Roldán, Alejandra Salas-Porras, Consuelo Sánchez, Amalia Solórzano de Cárdenas, Ricardo Torres Gaytán, Alfonso Vaca Morales, Carlos Véjar Pérez-Rubio, Leopoldo Zea.

Colaboradores Especiales en Asuntos Latinoamericanos de AUNA México que también la suscriben:

José Luis Balcárcel, Rina Lazo, Mario Miranda, Oscar Pino Santos, Jorge Turner, Martha Ventura viuda de Selser.

 

 

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