Impulsemos la Integración y la Unidad de Nuestros
Pueblos
AUNA-México y el
Centro Mexicano de Estudios sociales coincidieron en que, cuando tanto se
insiste en que el mercado, el libre comercio y en particular el Área de Libre
Comercio de las Américas (ALCA), que promueve Estados Unidos, serán la solución
a nuestros más graves problemas, trabajar en un libro colectivo sobre cómo
impulsar la integración y la unidad de nuestros pueblos sería muy oportuno y
útil; y a esa convicción obedece este volumen.
El
material que aquí se ofrece al lector es diverso e incluye ensayos en los que
se repara en problemas generales de diferente naturaleza, así como textos que
se ocupan de medidas concretas y prácticas que podrían contribuir a fortalecer
y llevar adelante la integración regional de Nuestra América.
Las
opiniones de los autores son diferentes y responden a distintas posiciones
políticas y perspectivas de análisis. Y lo que no deja de ser significativo es
que, pese a ciertas discrepancias coinciden en que la integración no sólo es
viable sino que puede ser muy importante, si se la vincula estrechamente al
desarrollo y se la ve como un proceso de largo alcance, que rebasa con mucho lo
propiamente económico y, desde luego, lo meramente comercial.
Una
nota distintiva de los materiales que se ofrecen en este libro es la atención
que se presta a los componentes culturales. Si tenemos raíces históricas y
culturales comunes, se dice, ahora es cuando debiéramos hacerlas valer, a fin
de que en vez de ser arrastrados por fuerzas cuyos intereses son ajenos y a
menudo incluso contrarios a los nuestros, abramos caminos propios y nuevos que
ayuden a desarrollar nuestras economías y a afirmar y enriquecer nuestra identidad
cultural.
El llamado en tal sentido no se
ampara en un nacionalismo estrecho y excluyente. Si bien el respeto a lo
nacional y el enaltecimiento de ciertos genuinos valores culturales es
necesario ante la globalización en marcha, una verdadera integración regional
latinoamericana puede internacionalizar y fortalecer nuestra acción y ser la
respuesta a las políticas neoliberales en boga, que aun no reconociéndolo
expresamente, en el fondo creen que la cada vez mayor dependencia del capital
extranjero será lo que resuelva nuestros mayores problemas.
Al
reapreciar lo que caracteriza a la integración latinoamericana, junto a dar a
lo cultural la atención que merece, se reconoce asimismo la significación de ciertas
acciones jurídico-políticas, es decir, la necesidad de pensar en cambios que
afectarán aspectos importantes del régimen constitucional y del derecho
internacional, como sería el caso si los gobiernos acordaran crear una
Comunidad Latinoamericana de Naciones, lo que sin duda rebasaría los marcos en
que hasta ahora se desenvolvió el proceso de integración.
La
integración latinoamericana que se inicia desde principios de los años sesenta,
y en los noventa adquiere mayor importancia, sobre todo con la creación del
MERCOSUR, debe desenvolverse en nuevos y más amplios marcos a partir del
convencimiento de que, sin perjuicio de remover trabas y restricciones
innecesarias cuando estorben un intercambio de bienes y servicios que a todos
beneficie, nuestros países no deben ya proceder de manera aislada y dispersa.
Como lo están haciendo otras naciones, tenemos que conjugar esfuerzos,
integrarnos y apoyarnos mutuamente, así como construir una estrategia de
desarrollo que nos permita utilizar mejor al potencial de recursos de que en
conjunto disponemos. En otras palabras, la integración de Nuestra América no
supone, en modo alguno, dejar de lado lo propiamente nacional, pues dentro de
cada país seguirán librándose las luchas centrales, ni tampoco significa menospreciar
las relaciones con los países más desarrollados, sean éstos Europa Occidental,
Estados Unidos y Canadá, o Japón y los nuevos países industriales de Asia.
Con
frecuencia se piensa que la conjugación de esfuerzos y el hacer con otros
países lo que antes cada uno realizaba por sí solo, entraña una reducción de la
soberanía nacional. Discrepamos de esa opinión. La soberanía no es un dato
dado; es una categoría histórica, o sea un concepto no absoluto ni invariable
sino siempre en proceso de cambio. La soberanía nacional seguirá estrechamente
ligada y dependerá de la soberanía del pueblo; por lo que éste deberá ser capaz
de ejercerla en las diferentes formas que una cambiante realidad reclame. Y en
un momento como el actual, lo más inaconsejable sería proceder aisladamente.
Desde
luego tampoco estamos de acuerdo con quienes piensan que en el globalizado
mundo de nuestros días, de hecho ha desaparecido la soberanía e incluso está a
punto de hacerlo el Estado-nación y sólo es viable lo que hacen, en su beneficio,
las grandes potencias. Sin menospreciar lo que significa la dominación de los
más fuertes, la profunda dependencia sobre todo de países subdesarrollados como
los latinoamericanos y caribeños, y lo difícil que sin duda es avanzar en tales
condiciones, estamos convencidos de que este no es el fin de la historia, de
que, pese a todo, se puede avanzar, y de que una genuina integración regional,
y desde luego una transformación social que permita remover los mayores
obstáculos, contribuirán a hacer posible el desarrollo independiente que hasta
aquí no conseguimos.
Oponerse
a las políticas neoliberales es necesario pero no suficiente. Aun cuando los
hechos demuestran que tales políticas no han tenido éxito, lo que más las
favorece es la creencia muy extendida –fruto de una propaganda ideológica tenaz
que ha logrado convencer a muchos–, de que pese a sus limitaciones y fallas
tales políticas son las únicas viables en el mundo de nuestros días. Intentar
poner en práctica una política diferente –se dice– es quedar al margen de la
globalización y sus ventajas, debilitar la posición competitiva, no tener
acceso a los grandes mercados y no atraer la inversión extranjera necesaria ni
contar con el apoyo de los organismos comerciales y financieros
internacionales. Lo que nunca se aclara es por qué, entonces, no pocos países
de aquellos que con más entusiasmo pusieron en práctica políticas neoliberales
aperturistas y privatizado la mayor parte de las empresas antes públicas, en
realidad debilitaron sus economías, sólo crecieron lenta e inestablemente y aun
cayeron en el estancamiento y sufrieron crisis devastadoras. Argentina, por
ejemplo, en donde los neoliberales aseguraban que había quedado atrás la
inestabilidad monetaria y la crisis, estuvo a punto de desplomarse y ha vivido
uno de los momentos más difíciles de su historia.
Mientras
algunos repiten dogmáticamente que sólo es viable lo que hacen los más
conservadores, otros sostienen que la integración latinoamericana, y lo más
probable es que lo mismo piensen de un desarrollo independiente, es utópica e
imposible. Por fortuna ni una ni otra cosa es verdad. Lo que sí es cierto es
que, como lo demuestra la historia, ningún país se ha desarrollado gracias al
funcionamiento espontáneo del mercado o al libre comercio.
Hoy
es necesarioa, como nunca antes, una política industrial que promueva y
refuerce el desarrollo. Es necesaria incluso una estrategia de largo plazo, que
permita superar formidables obstáculos. Y esa estrategia no se decretará
burocráticamente, de arriba abajo. Tendrá que ser forjada por cada pueblo, y ya
no en forma aislada sino en cooperación con otros.
La
contribución que la integración regional y la unidad de nuestros pueblos pueden
hacer en tal sentido es muy grande. Para ello, sin embargo, es preciso trabajar
de nuevas y más eficaces maneras; no repetir las viejas políticas que ya
fracasaron, y entender que tal tarea no es privativa de ningún pequeño grupo y
que reclamará la acción de millones de personas. Por eso es tan importante
contar con gente preparada y crear conciencia de que, pese a todo lo que hoy se
opone a nuestro progreso, podemos avanzar, podemos ser independientes y libres
si luchamos resueltamente y tenemos claro qué hacer y cómo. Lo que es inaceptable es que estemos ante el fin de la
historia, ante un callejón sin salida, en el que sólo podamos esperar más
pobreza, desigualdad, abandono, dependencia, criminalidad y violencia.
Hace
unos días se anunció que la ciudad de Puebla será la sede del ALCA. Sentimos
pena al saberlo, porque en cierto modo ello equivale a querer convertir la
Puebla libre de Ignacio Zaragoza en la Puebla de Bush, esto es en una ciudad
sometida a los poderosos intereses extranjeros que tratan de abrirse paso a
través del Plan Puebla-Panamá. Pero como Puebla derrotó un 5 de mayo
inolvidable a los invasores franceses, confiamos en que en este nuevo siglo no
renunciará a luchar por su libertad e independencia.
AUNA-México
Centro Mexicano de Estudios Sociales, A.C.