Boletín
Cuatrimestral de AUNA México A. C
N° 4 (octubre—diciembre
de 2007)
Ecuatorianos
en México
Galo Galarza Dávila*
|
Escudo Nacional del Ecuador |
Las relaciones y vínculos entre ecuatorianos y
mexicanos (o entre habitantes de lo que hoy son las Repúblicas de México y
Ecuador) se remontan a épocas precolombinas.
Es un hecho comprobado que miembros de la cultura manteño-huancavilca
(que se desarrolló entre los años 700 a 1534 d.C. en las costas de las actuales
provincias de Manabí y Guayas en la República del Ecuador), fueron formidables
navegantes. Con sus balsas llegaron hasta las costas mexicanas. En el Museo de
la Navegación de París se puede ver una reproducción de una de esas increíbles
balsas y hace algunos años un navegante español (Vital Alzar) demostró que con
una de estas balsas se podía llegar desde Guayaquil, el puerto principal del
Ecuador, hasta Australia (vi asombrado esta balsa en un museo cerca de la
ciudad de Sydney). Y también, cosa extraordinaria, es un hecho que miembros de
las culturas maya y nahuatl se movieron hacia el sur, viajaron a través del
continente americano. Max Ulhe, un destacado antropólogo de origen alemán, en
su estudio titulado: Las antiguas civilizaciones del Ecuador y el Perú con
relación a la arqueología e historia del continente americano, demuestra
que grupos mayas, mezclados con otras etnias, poblaron el territorio de las
actuales provincias de Azuay y Cañar en Ecuador. No en vano los grupos cañaris
fueron los que más resistencia dieron ante el avance de los incas que para
someterlos debieron emprender varias campañas militares.
Desde entonces existen vasos comunicantes entre
Ecuador y México. No ha quedado registrado, obviamente, el nombre de ninguno de
esos navegantes ecuatorianos que llegaron a tierras mexicanas en aquellas
remotas épocas, pero es muy probable que alguno o más de uno de ellos se haya
quedado en estas tierras y haya procreado familia.
El primer ilustre ecuatoriano que figura en los libros de la historia
de México es Vicente Rocafuerte (1783-1847), quien llegaría a ser Presidente del Ecuador y quien sirvió a
México como diplomático en algunos países europeos. Rocafuerte, a parte de ser
un estadista de notables condiciones, fue un escritor (ensayista y poeta),
quien dedicó algunas páginas para resaltar y cantar a la historia de México. En
su «Oda a los habitantes de Anahuac», dice Rocafuerte:
¿Y siempre los destinos de la tierra
dictará el Dios del mal? ¿y los humanos
siempre serán juguetes de facciosos,
o siervos miserables de tiranos?...
No en torpe desaliento así desmayes,
Reina del Anahuac: alza la frente,
y a tus hijos invoca. ¡Oh! ¡Quién pudiera
encender en los pechos mexicanos
aquesta hoguera que mi pecho abrasa
de amor de libertad!
Después del paso de Rocafuerte, la presencia de
escritores ecuatorianos en este país fue una constante. Acá llegaron, bien como
embajadores (a la final tenemos 170 años de relaciones diplomáticas
ininterrumpidas entre ambos países) o como catedráticos universitarios o en
busca de asilo o de simple refugio intelectual, muchos de los más destacados
escritores ecuatorianos del siglo XX. Larga resultaría la lista de todos ellos,
pero al menos me permito mencionar a César Arroyo, Gonzalo Zaldumbide, Benjamín
Carrión, Luis Robalino Dávila, Alfredo Pareja Diezcanseco, Homero Viteri
Lafronte, Fernando Chávez, Demetrio Aguilera Malta, Leopoldo Benites Vinueza,
Carlos de la Torre Reyes (entre quienes vinieron como diplomáticos); a Agustín
Cueva, Bolívar Echeverría, Vladimiro Rivas, Yanna Hadaty, Alicia Albornoz
(entre los catedráticos universitarios); y a Miguel Donoso Pareja, Luis Felix
López y Fernando Nieto Cadena (entre los exiliados voluntarios). Todos ellos
merecerían una atención especial, todos son autores de una obra escrita
considerable y de un amor declarado a México, sin embargo, quisiera resaltar,
ahora, el nombre de Benjamín Carrión por ser quizás el intelectual que más
trascendió en la historia de la cultura ecuatoriana. Su condición de ensayista,
biógrafo, novelista y fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (que hoy
lleva precisamente su nombre) le dan ese carácter.
Carrión llegó a México como embajador en dos
oportunidades (en 1933 y 1968). Fue amigo de José Vasconcelos, de Alfonso
Reyes, de Gilberto Owen, de Jesús Silva Herzog, de Jaime Torres Bodet y de
muchos otros. Hay una extensa correspondencia con escritores mexicanos que se
publicó en Ecuador hace unos años («Correspondencia II. Cartas mexicanas.
Municipio del Distrito Metropolitano de Quito», Centro de Educación y
Cultura, 2003), en la cual se pueden apreciar esos vínculos profundos e
intensos con este país. Fue, además, junto con el brasileño Oscar Niemeyer, de
los primeros intelectuales latinoamericanos que recibieron el Premio Benito
Juárez en el año 1968.
Dice Benjamín Carrión en una carta a Silva Herzog, refiriéndose a ese
premio:
A lo cual
se agrega mi devoción por México, mi devoción por Juárez y la de ser acaso el
intelectual latinoamericano no residente en México y no mexicano, que ha
demostrado más afecto, más amor por México…Más que el Premio Nóbel o el Lenin,
me complace éste, por ser el premio de México y yo considerarme el más
fervoroso amigo de México en todo el ámbito de América Latina.
Es por todo ello que cuando llegué a México,
hace algunos meses, averigüé si alguna calle o parque recordaba su nombre.
Comprobé con tristeza que no existían. Propuse el asunto al Gobierno del
Distrito Federal y ellos, muy generosamente, aceptaron mi alegato, por lo que
próximamente una calle de esta ciudad, así esperamos, llevará el nombre de este
gran ecuatoriano que es, de alguna manera, el símbolo de una larga e indestructible
amistad entre dos pueblos hermanos.