¡No! al Terrorismo, la Destrucción, la Guerra y la
Violencia
*
Quienes
suscribimos el mensaje adjunto somos casi en su totalidad, mexicanos vinculados
a diversas instituciones y organizaciones, que tenemos diferentes maneras de
pensar y trabajamos en actividades muy variadas, entre quienes hay
profesionistas y técnicos, artistas e intelectuales, profesores e
investigadores, dirigentes políticos y sindicales, empresarios, periodistas,
cineastas y funcionarios de
entidades públicas y privadas.
El
criminal y trágico atentado terrorista sufrido el martes 11 de septiembre por
Estados Unidos, ha causado consternación en el mundo entero. Quienes suscribimos
este mensaje surgido de la Jornada por la Paz, los Derechos Humanos y la Unidad
de América Latina y el Caribe realizada en la Universidad Nacional Autónoma de
México, compartimos la indignación que otros ya han expresado, sentimos
profunda pena por lo sucedido y acompañamos al pueblo norteamericano en su
dolor, y en particular a quienes perdieron, para siempre, a seres queridos.
Lo
acontecido en Nueva York, Washington y Pennsylvania, se ha repetido estos días una y otra vez, afecta no sólo a
Estados Unidos sino a todos los pueblos. Y acaso con mayor razón ello podría
decirse de lo que suceda a consecuencia de lo ocurrido. Este no es un momento
de cruzarse de brazos y callar. Lo que procede es decir lo que se siente y
piensa, y contribuir a que entendamos mejor y podamos resolver el grave
problema a que nos enfrentamos.
El
terrorismo es, para nosotros, una acción ilegal, injusta, antihumana,
destructiva, innecesaria e inaceptable. Sin embargo no es la única expresión
negativa de violencia que cobre un alto precio a la humanidad.
Frente
a quienes piensan que la respuesta al terrorismo debe ser militar y aun
propiamente de guerra sin cuartel, nosotros estamos convencidos de que, por el
contrario, lo que ahora urge más que nunca es la paz. La violencia sólo genera
más violencia; la paz, en cambio, hace posible reflexionar, dialogar, superar
discrepancias y conjugar esfuerzos ante problemas comunes. Pero la paz no es
sólo ausencia de guerra. Es, sobre todo, como Benito Juárez lo advirtió hace
más de un siglo: el respeto al derecho ajeno, el respeto al derecho de pensar y
creer, de expresarse, trabajar, organizarse y, sobre todo, el respeto al
derecho a la vida. La paz, por otra parte, no se impone por la fuerza. Se
construye por todos, y como reiteran hoy los pueblos indios, debe ser digna,
pues sólo así pueden abrirse espacios en los que todos quepamos.
Cuando
se es víctima de una agresión inesperada y brutal no es fácil responder a ella de
la mejor manera, sobre todo si debe actuarse sin demora. En este momento hay el
peligro de caer en una u otra forma de maniqueísmo, que convencionalmente
sugiera que el bien está de nuestro lado y el mal es propio de los demás; que
en vez de encarar los hechos serenamente y con objetividad, se proceda a partir
de prejuicios en actitud vengativa, se lance una cacería de brujas y reprima a
quienes no habiendo participado en las acciones terroristas, se les vea como
sospechosos y aun culpables tan sólo por profesar cierta religión, o por su
origen étnico o nacional. El no saber dónde empieza y termina el terrorismo
suele ser tan grave, que incluso algunos próceres fueron vistos como criminales
y pagaron con su vida el luchar por liberar a nuestros pueblos del coloniaje,
de la tiranía y el atraso.
No
es fácil establecer una relación directa entre el terrorismo y sus causas.
Entre éstas, empero, están la desigualdad social, la dramática pobreza que hoy
aqueja a centenares de millones de personas, el despojo, el fanatismo, la
xenofobia y la injusticia, así como conflictos hasta ahora insolubles entre las
naciones y en el seno de cada una de ellas. Los pueblos pobres son los que más
sufren a consecuencia de todo ello; no obstante lo cual, a menudo no se repara
siquiera en que año por año mueren millones de seres humanos tan sólo de
desnutrición y aun hambre.
El
descontento no se limita a los países subdesarrollados, que legítimamente
reclaman un orden de cosas menos injusto. Cobra fuerza también en las naciones
desarrolladas, como recientemente se puso de manifiesto en Seattle, Washington,
Davos, Praga, Quebec y Génova. En múltiples escenarios, un mayor número de
hombres y mujeres protestan, se muestran inconformes y rechazan masivamente las
conservadoras y antidemocráticas políticas neoliberales, lo que en parte
obedece a que, quienes están en el poder aseguran dogmáticamente que lo que hoy
se hace es lo único posible. ¿Cómo, entonces, no entender que quienes son
víctimas de ese estado de cosas tan injusto, se rebelen?
América
Latina y el Caribe, es decir Nuestra América, se enfrentan a retos a los que es
preciso responder. Si actuamos aislados y dispersos seremos débiles, y no
podremos insertarnos de mejor manera en la comunidad internacional, ni nuestras
más legítimas exigencias serán atendidas.
Es
falso que nada pueda hacerse para que las cosas cambien, porque no hay
alternativa. Ganemos a organizaciones y personas a que se adhieran a este
llamado a la acción, o si lo prefieren, a que sean ellas mismas las que, en la
forma que consideren más adecuada, rechacen el terrorismo y la violencia y tomen su lugar en lo que
esperamos sea una gran cruzada en favor de la paz, la libertad, la tolerancia,
la democracia y la justicia. Hagamos llegar, por los caminos que se estimen
mejores, la voz de nuestros pueblos a las más diversas organizaciones
nacionales e internacionales, a las agencias de prensa y los medios de
comunicación, a universidades y sindicatos, a gobiernos e iglesias, a grupos
empresariales, a intelectuales y artistas, a jóvenes y mujeres; hagamos llegar
esa voz a las Naciones Unidas, a la Unión Europea, a la OEA, a la OIT, al
Movimiento de Países no Alineados, a la APEC y a todos los foros dispuestos a
contribuir a que la lucha contra el terrorismo y la violencia se abra paso hasta triunfar.
En
el globalizado mundo en que vivimos, tenemos que internacionalizar la acción
para defender nuestra libertad, soberanía e independencia. Sin perjuicio de
tratar de que Estados y gobiernos hagan lo que hasta ahora no han hecho, los
pueblos deben cobrar conciencia de que en ellos reside la soberanía, y de que
si se organizan, se unen y atreven a
defender sus derechos ejerciéndolos, el siglo que ahora se abre puede ser aquel
en que la gente, es decir los ciudadanos, los hombres y mujeres comunes y
corrientes, empiecen a hacer su propia historia y a adueñarse de su destino.
4 de octubre de 2001.
Guadalupe
Acevedo, Alonso Aguilar Monteverde, Ofelia Alfaro, Miguel Álvarez Gándara,
Enrique Andrade, Sol Arguedas, Graciela Arroyo Pichardo, Sergio Bagú, José Luis
Balcárcel, Beatriz Barros Horcasitas, Helena Berinstáin, Laura Bolaños, Julio
Boltvinik, Arturo Bonilla, Laura Bosques Manjarrez, Enrique Brito, Juan Brom,
Ana María Cetto, Miguel Concha, José Consuegra Higgins, Fernando Carmona,
Marcos Crestani, Luis de la Peña, María Dolores de la Peña, Manuel de la Torre,
Raúl Delgado Wise, Alfonso Díaz Rey, Alfredo Domínguez, Jaime Estay, Carlos
Fazio, Jorge Fons, María Elena Galeana, Arturo García Bustos, Julián Gascón
Mercado, María Elena González Ángulo, Rodolfo González Guevara, Agustín
González Mendoza, José Merced González, Jesús González Schmal, Luis González
Souza, Sara Beatriz Guardia, María
Guerra, Arturo Guillén, Jesús Hernández Garibay, Mauro Jiménez Lazcano, Horacio
Labastida, Rosa María Larroa, Armando Labra Manjarrez, Alfonso López, Bertha
Luján, Cecilia Madero, Claudia Madrid, Ana I. Mariño, Gastón Martínez, Márgara
Millán, José Moncada, Manuel Monreal, Josefina Morales, Esperanza Nacif, Carlos
Núñez Hurtado, Lucio Oliver, Arturo Ortiz Wadgymar, Isaac F. Palacios Solano,
María Rosa Palazón, Laura Palomares, Gastón Parra Luzardo, Fernando Paz
Sánchez, Manuel Peimbert Sierra, Oscar Pino Santos, Irma Portos, Berenice
Ramírez, Guillermo Alejandro Ramírez Carmona, Lorena Reyes, Guadalupe Rivera
Marín, Héctor Roldán, Eduardo Ruiz Contardo, Patricia Salcido, Irene Sánchez
Ramos, Amalia Solórzano de Cárdenas, Miguel Socolovsky, Luis Suárez, Sergio
Suárez, Jorge Turner, Elena Urrutia, Carlos Véjar Pérez-Rubio, Martha Ventura
Vda. de Selser, Gustavo Viniegra González, Alfredo Zalce, Domingo F. Maza
Zavala,
* Llamamiento de la Primer Jornada por la Paz, los Derechos
Humanos y la Unidad de América Latina y el Caribe, 27 de septiembre de
2001, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.